PEREGRINO EN EL SIGLO XXI

El mundo se ha convertido en una gigantesca atracción. No es extraño que hoy en día la gente viaje más que nunca. Sin embargo, la movilidad de la gente ha quedado en las manos de los Estados. Solo una figura casi marginal ha quedado libre de este control: el peregrino. Me explico.

Pasaportes, fronteras, agencias de viaje, hoteles, tours, monumentos y un sinfín de inventos conforman un panorama actual regulado donde uno, que quiere viajar y suele recibir el nombre de turista, solo puede sonreír y hacer el mismo selfie a las mismas cosas y en los mismos sitios.  

Dado este control, excesivo a mi manera de ver, solo cabe preguntarse si esto es viajar y si alguien puede aprender realmente de estas experiencias o si uno solo acude a un decorado que nada tiene que ver ni con la realidad ni con el espíritu de esos lugares que visita.

 

 

Por desgracia, las grandes ciudades turísticas se han convertido en un parque temático donde se exponen tres o cuatro lugares de interés histórico de los cuales poca gente te va a contar la verdadera historia, antros donde comer a precios exagerados lo que cualquier ciudadano te puede preparar y servir por mucho menos, espectáculos que no representan las verdaderas tradiciones y costumbres sino que son una caricatura de los mismos y hoteles caracterizados por su comodidad que intentan imitar lo que no se puede superar, que es el sentimiento que tienes en tu verdadero hogar. A todos nos suena aquello de “queremos que te sientas como en casa”. Pregunta: ¿Por qué iba a querer sentirme como en casa en un lugar distinto?

En realidad existe una diferencia enorme entre hacer turismo y viajar.

Hacer turismo, como su propio nombre indica, significa hacer un tour; un circuito cerrado donde las agencias de viaje intentan meter al máximo número de gente posible.

Cuando haces turismo, tú eres la mercancía. Lamento decírtelo pero debo hacerlo: tú no eres la experiencia. ¿Quién no ha hecho turismo y le han robado, estafado, engañado y ha perdido su dinero y su tiempo? No veo ningún servicio en ello.

Cuando eres un turista deambulas sin sentido en medio de una gran masa de gente por una parte de la gran ciudad donde nadie de la ciudad quiere vivir.

 

¿Cómo vas a conocer Egipto si ignoras que las pirámides, esas grandes maravillas del Mundo Antiguo, se erigieron por miles de esclavos?

 ¿Cómo vas a conocer Egipto cuando viajas de noche al desierto y no experimentas lo que es el verdadero sol abrasador de esa región?

 ¿Cómo vas a comprender lo más importante de Egipto si la mayor historia que escuchas allí es la de Tutankamon que fue un faraón insignificante en la historia de esa civilización?

 ¿Es posible conocer así Egipto?

 

Pero puedes decir que has estado allí y enseñar un montón de fotografías. Ese es el sentimiento más gratificante que podrás tener cuando viajas por el mundo haciendo turismo.

 

Ahora te pregunto: ¿Cuándo fue la última vez que en realidad viajaste?

 

El pasado verano tuve la oportunidad de entender otra forma de viajar; si es que aquella no era y es la manera más pura de lo que verdaderamente significa hacer un viaje. Como bien sabes, si me has leído anteriormente, estoy hablando sobre mi peregrinación por el Camino de Santiago.

 

 

La peregrinación tuvo y tiene connotaciones religiosas pero ahora, desde mi punto de vista, es algo mucho más profundo que todo eso. Es una experiencia que pone a la persona enfrente de sí misma, de sus limitaciones humanas y le obliga a caminar, a moverse, a cargar con sus pertenencias, a recorrer su camino, a tomar contacto con la naturaleza y a descubrir qué es aquello que le motiva y que le da sentido y valor a su vida.

Cuando estás solo contigo mismo en un lugar extraño te das cuenta de que en el viaje dejas partes de ti atrás, evolucionas, creces, maduras, aceptas que la vida es un movimiento constante, que no te puedes aferrar a nada y reconoces que algo tuvo su momento y su valor pero que ya no lo necesitas.

 

Cuando viajas tú eres la experiencia y el viaje es el proceso.

 

De un verdadero peregrino no se esperan grandes gastos, ni miramientos superfluos. Es muy improbable que nadie quiera robarte porque llevas los bolsillos prácticamente vacíos y no vas a molestar a nadie porque no quieres ni pretendes nada especial.

El peregrino es la esencia del viajero minimalista que solo se tiene a sí mismo y a su camino delante. Nada de marketing ni slogans. Nadie va a querer aprovecharse de ti y por esa razón la gente te va a abrir sus puertas, te va a ofrecer cosas de valor como una buena comida o cama y se va a fijar en ti. ¿Quién es ese tío raro que camina solo y con una mochila a cuestas? ¿De dónde viene y a dónde va? Seguro que tiene algo interesante que contar.

 

En ese momento aparecen las verdaderas historias del lugar, la gente se muestra como es y aprendes a conocer el espíritu de las cosas.

 

Un peregrino del siglo XXI busca explorarse a sí mismo en condiciones extrañas para él e incluso difíciles porque sabe que la verdadera experiencia de la vida es uno mismo. También sabe reconocer cuándo ha viajado y cuándo ha hecho turismo y sabe que no puede esperar mucho de esto último; solo relax y algo de diversión, y eso, en el mejor de los casos.

Y es que peregrinar es el verdadero viaje. Es un viaje alejado de las fronteras, las agencias, los pasaportes etc… Nadie te puede controlar. Todo eso no puede importar cuando se deja todo atrás a pie y se explora la propia identidad.

Si alguna vez alguien ha estado cerca de sentir lo que es la libertad ese alguien debió de ser peregrino.

Y tú: ¿ cuándo fue la última vez que fuiste libre?

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