El mayor tesoro del Camino de Santiago

Una larga hilera de gente de todas las nacionalidades entra cada día por los Pirineos y se desliza silenciosamente por el norte de la Península Ibérica hasta llegar al punto más septentrional del Mundo Antiguo para recoger el tesoro más importante del Camino de Santiago.

Sus proporciones son enormes. Cientos de hombres y mujeres forman una masa incontrolable que como aquellas invasiones antiguas avanzan sin detenerse, día tras día para ocupar el territorio, sin saberse muy bien lo que buscan, sin saberse lo que pretenden.

No es un ejército, ni un pueblo desplazado, tampoco una caravana; ¿qué hacen allí todos esos hombres?

Para encontrar la respuesta hace falta confundirse entre ellos y andar a su lado y solo en su compañía serás capaz de entender cuál es el destino final de su peregrinación.

 

Recuerdo los últimos momentos de aquel largo viaje. Los cuerpos de la gente resplandecían bajo el sol luminoso de Finisterre. Ningún rasguño, ampolla o quemadura tenía importancia en aquel lugar en ese momento.

 

 

El agua estaba fría y bañarse era aventurado pero aquello era lo de menos. La gente sonreía y se abrazaba. Todos eran conocedores de que volvían a casa con los bolsillos llenos.

No se me podrá borrar nunca la imagen de algunos peregrinos llorando desconsoladamente después de concluir esa magnífica aventura mientras avanzaban a trompicones por el paseo marítimo como aquellos borrachos que al final de la noche vuelven a casa con el corazón encogido.

Entonces comprendí que aquel tesoro nunca lo iba a perder. Tendría el valor inconfundible de una moneda única y nunca se me podría deslizar entre los dedos. Nadie me lo podría quitar.

Cuando empecé a caminar siguiendo las flechas que marcan la ruta del sol y que desemboca en Santiago, pensaba en kilómetros, etapas, dinero, sellos etc. Cuando acabé me dí cuenta de que todo eso había quedado atrás y que ya no tenía sentido. Entonces hallé el verdadero significado.

 

 

Lo que realmente importa se escribe en el alma y es algo imperecedero.

El sentimiento que te deja el Camino de Santiago es el verdadero tesoro.

Es el feeling de que la Humanidad por el momento no ha perdido  el Norte, de que la grandeza reside en cada persona que encuentras y de que una fuerza indestructible reside en el interior de cada uno como una semilla que espera a ser despertada.

El Camino de Santiago da luz y esperanza a cada persona que se atreve a empezar a peregrinar y acepta dejar sus limitaciones atrás.

No hay ninguna competición. No se trata de conseguir un bien escaso y valiosos. No hay ganadores ni perdedores. No importa de dónde vengas, cuál sea tu condición social, tu religión o qué pasado arrastras. Hay luz para todos.

Todos somos hermanos y durante el viaje aprendemos a reconocernos como tal. Sabemos que nuestro destino final es el mismo y que es un privilegio enorme poder andar hombro con hombro con el otro, sin prejuicios y sin una doble intención. Simplemente colaborando por llegar juntos y contemplar la transformación y el resplandor del otro al final.

Durante el Camino de Santiago hice hermanas y hermanos italianos, americanos, húngaros, indios, tunecinos, brasileños, colombianos, coreanos, chinos y de otras muchas nacionalidades además de españoles.

Pude admirar la valentía de las mujeres que caminaban en solitario. Ellas me enseñaron que nunca es tarde para cambiar de vida, que una niña me puede mirar desde los ojos de una mujer adulta, que las limitaciones son excusas, que la juventud es el mejor momento antes de inmunizarse y perder la sensibilidad hacia la propia vida y que los valores tienen que acompañarte hasta el final.

Escuché los sollozos de un gran hombre, un maestro vital, que me acompañó en mi etapa hasta León y que me enseñó algunas lecciones importantes. De él aprendí que el sufrimiento y la soledad vuelven a los hombres más humanos o bestias y que si has perdido tu hogar tienes que construir otro. Que cada nuevo día es valioso y que hay que estar agradecido a las personas que alguna vez te tendieron su mano.

Bromeé, reí, bailé y compartí la alegría del Camino con los hermanos italianosA veces la vida es una comedia y las lecciones profundas tienen que ir acompañadas por una sonrisa.

Contemplé el valor de hombres que buscaban un nuevo rumbo para sus vidas. Habían vivido trances terribles: uno un accidente, el otro una vida de perfección desde el punto de vista social pero vacía como el interior de una bella concha. Comprobé cómo encontraban de nuevo el sentido de sus vidas  en el Camino de Santiago: uno por su familia y el otro por su creatividad. La última vez que les ví, el primero andaba con una sonrisa en la cara y hablaba de su sobrino; al segundo lo escuché inseparable ya de su guitarra cantándole a la belleza de la vida.

Aprendí que la verdadera amistad va siempre acompañada de valores y ni siquiera las más arriesgadas aventuras amorosas pueden romperla.

Caminé con locos entrañables que ofendieron a algunos turistas demasiado contemplativos con las normas pero que seguro hicieron reír al Apóstol Santiago.

Hice de lazarillo de un hombre ciego durante algunos días por las montañas.

Traté de bailar salsa y me desquicié con la danza secreta cuyo origen es misterioso y que terminó siendo un enigma para mí.

Anduve una noche inolvidable bajo la bóveda celestial y aprendí que el cielo y la tierra están unidos.

Fui “bautizado” nuevamente por un coreano aunque ya he olvidado mi nuevo nombre pero todavía recuerdo su sentido: amable, abierto e infinito como el cielo.

En definitiva, viví un montón de anécdotas que solo te ocurren cuando viajas y dejas todo atrás.

 

 

Cuando terminé me miré a mí mismo incrédulo y no me reconocí. Ahora era un pedacito de todo aquello y me gusté. Había encontrado lo que verdaderamente yo era y lo que todos somos.

En ese momento recordé la letra de aquella canción de Jim Morrison que me había enseñado mi fratello:

 

” People are strange when you are a stranger

Faces look ugly when you are alone

[…]

When you are strange faces come out of the rain

When you are strange

No one remembers your name

when you are strange …”

 

Está escrito que cada uno tiene una historia, una lección y un momento que regalarte, ese es el tesoro que el Camino de Santiago tiene para ti.

Hay gente que viene de lejos y te brinda una lección o un ejemplo que de otro modo nunca habrías recibido.

 

 

 

Cuando escuchas que la multiculturalidad es un error te das cuenta de que hay mucha gente que todavía sigue en la oscuridad. Es una mancha creada por el fanatismo de la clase política.

Caminar junto a otras visiones del mundo es la forma más fácil de comprender la burbuja en la que vivimos y el remedio más eficaz para combatir la ignorancia.

Compartir siempre será mejor opción que encastillarse en una posición a la defensiva.

Actualmente y por desgracia se sigue hablando  de muros, vallas y fronteras.

Sin embargo, hay algo de lo que estoy convencido: mientras ese reguero de gente, del que yo fui parte, siga marchando por lugares como el Camino de Santiago, una luz seguirá iluminando este mundo.

 

 

 

 

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